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La muerte y sus
fantasmas

Como escribió en este diario Guy Sorman, aunque muchos criticaron la
transmisión en directo de la agonía y muerte de Juan Pablo II, tal
vez fue ése
su mensaje más trascendente: ser dueño de la propia muerte, morir
sin intermediarios y a la vista de todos.
Nora Bar
Amiel decía que
"saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y uno de los
capítulos más difíciles del gran arte de vivir". Algo similar podría
decirse de ese último acto que, sin embargo, la sociedad actual nos
escamotea: hoy basta con nombrar la muerte para provocar una tensión
que altera el curso de la vida cotidiana.
Pasamos de la
muerte familiar de la Edad Media a la muerte interdicta de nuestros
días, dice Philippe Ariès en "Morir en Occidente" (Adriana Hidalgo
editora, 2000). Para el historiador francés, resulta sorprendente
que las ciencias humanas, tan extrovertidas cuando se trata de la
familia, el trabajo, la política, la religión y la sexualidad, hayan
sido tan discretas sobre la muerte. "El desfasaje entre la muerte
novelesca, que sigue siendo comunicada, y la muerte real, vergonzosa
y callada es uno de los rasgos extraños, pero significativos de
nuestro tiempo", subraya.
En su estudio,
Ariès subraya que durante milenios el hombre fue amo soberano de su
muerte. En la Edad Media y el Renacimiento se veía en ella un
momento excepcional en el que la individualidad recibía forma
definitiva. Ya en el siglo XVIII el médico renunció al papel que
había desempeñado durante mucho tiempo de ser el encargado de
anunciarla, y más adelante sólo habla si se le pregunta. La muerte
está ahora rodeada de silencio. La sociedad moderna prohíbe cada vez
más a los vivos que se muestren emocionados, llorar a los difuntos o
demostrar que se los extraña.
No conviene
ostentar la pena ni mostrar que se la experimenta.
"Antes, se nacía y
se moría en público -dice Ariès-. Hoy nada queda de la noción que
cada uno tiene o debe tener de que su fin está próximo, ni del
carácter público y solemne que tenía el momento de la muerte. (...)
Se entiende que el primer deber de la familia y el médico es ocultar
al enfermo la gravedad de su situación. La nueva costumbre exige que
se muera en la ignorancia de la propia muerte. La medicina ha
reemplazado, en la conciencia del hombre aquejado, la muerte por la
enfermedad. De modo que la gente muere casi a escondidas, sola."
Al renunciar
finalmente al empleo de medios heroicos para prolongar una
existencia que se apagaba, Karol Wojtyla se habría negado a exhalar
el último suspiro rodeado de tubos y máquinas, una decisión que la
tecnología cada vez más frecuentemente nos propone.
Procedemos como si
la medicina tuviera respuesta para todo, dice Ariès. Pero no la
tiene. Habrá que reencontrar el aliento filosófico que puede
hacernos comprender, como afirma Fernando Savater, que "sólo los
mortales somos los auténticos vivientes, porque sabemos que
dejaremos de vivir y que en eso, precisamente, consiste la vida".
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Fonte: La Nación,
http://www.lanacion.com.ar/693621
Reproduzido por Licenciatura en Gerontología el día: Abril 6, 2005
08:11 AM
http://weblog.maimonides.edu/gerontologia/archives/001138.html#more,
06/04/2005. |
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